Las chicas de la tele

En tu trabajo, en tu casa, en la calle. Por la tele, en alguna nota perdida dentro de un diario. De parte de tu médico, tu jefe, un compañero de trabajo.

Según un trabajo de la Organización Mundial de la Salud, se estima que el 35% de las mujeres ha sufrido en algún momento violencia física y/o sexual por parte de su pareja en algún momento de su vida. Sin embargo, como marca ONU Mujeres, otros estudios señalan que esa cifra se acercaría al 70%.

Laura conoció a Pedro a principios de 2017. Empezaron a salir: él era simpático, hacía buenos chistes, era dulce. Lo llevó a su departamento en Once, le presentó a sus hijas. Amor.

¿Cómo llega una mujer a encontrarse en una situación de violencia? Lentamente. La mayoría de las veces, se construye con el tiempo. Como si fuera una telaraña, el hombre encantador y maravilloso va envolviéndote. Corta los vínculos con tu familia y tus amigas porque te quiere tanto que sólo quiere estar con vos. Te controla porque en realidad te cuida. Se enoja por lo que usas, lo que haces y lo que no porque siempre se preocupa por vos.

Un par de meses después, Laura se enteró que él estaba viviendo en la calle. Pedro se enteró que ella lo sabía después de leerle en el celular una conversación que había tenido con una amiga sobre el tema. Discutieron pero siguieron.

Según la estadística de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en 2016 hubo 254 femicidios. Una mujer asesinada cada 34 horas sólo por el hecho de ser mujer, porque su pareja, su ex o algún familiar la consideró como parte de su propiedad. O porque pensó que podía disponer de su vida y ya.

“Lo vi loco, estaba loco, me pegó, me robó, me amenazó”, Laura le contó a ese oficial que anotaba sin conmoverse. Ella no entendía cómo pasó del amor a estar en un lugar donde le pedían que repitiera una y otra vez lo que había pasado. 

El femicidio es la forma más extrema de violencia contra la mujer. Pero también lo es que tu pareja te controle, que te diga lo que tenes que ponerte, que te ordene lo que tenes que hacer. Que tu jefe menosprecie tu trabajo o tu opinión porque sos mujer. Que tu médico no respete tu derecho a decidir sobre tu cuerpo.

Pedro volvió. Dulce, atento, bueno otra vez. Era amor. Y como prueba de ese amor, le pidió a Laura que saque la denuncia. Ella dudó. Y otra vez, los gritos, los pedidos de que por favor no la lastime. La golpeó y le robó el botón antipánico que le habían dado. Laura lo denunció otra vez pero él seguía hostigándola. La tercera vez que la agredió, lo detuvieron.

Hasta hace algunos años, este caso hubiera terminado en un archivo. Algún juez (o jueza) lo hubiera considerado como parte de un problema privado, de algo que se tenía que solucionar en la casa. Puertas adentro. Lejos de la mirada del Estado.

“Este fallo refleja el ‘patrón de impunidad sistemática’ que coexiste con patrones socioculturales que restan entidad a  lo que sucede con las mujeres, muy especialmente en los ámbitos de la vida privada y en las relaciones familiares”, dijo hace tres años la jueza Alicia Ruiz cuando llegó al Tribunal Superior de Justicia un fallo donde se absolvía a un hombre que había amenazado sistemáticamente a su pareja.

Como a Pedro lo detuvieron en el momento que violaba la orden de restricción que tenía, se activó el procedimiento de “flagrancia”, un mecanismo que acelera los tiempos judiciales. Las audiencias son públicas, así que Laura pudo presenciarla, hablar ante el juez, la fiscal y el defensor y contarles lo que había vivido.

“Le pedía por favor que no me haga mal, que se vaya, que me deje. Quería tranquilizarlo, no quería enfrentarlo.” Laura lloraba. Lloraba porque no se imaginó nunca estar ahí, porque sus hijas ya no viven con ella por miedo a que Pedro vuelva, porque ya no sale por miedo a encontrarse a su ex pareja en la calle.

“Les pido que hagan algo porque yo no quiero terminar como las chicas de la tele, muerta, tirada en un pozo. No quiero ser una de ellas.” El juez dictó la prisión preventiva. La causa sigue. 

¿Cuántas mujeres hay que no denuncian por miedo? ¿Cuántas no llegan a denunciar? ¿Cuántas se acostumbraron a la violencia, cuántas conviven con eso porque no tienen donde ir? Laura rompió con sus miedos y denunció. Ella no quiere ser una chica como las de la tele.

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